La historia se cuenta desde el principio, y como todo buen principio hubo un nacimiento:
como la mayoría de los nacimientos ese poema había nacido producto de la borrachera (y en su amplio sentido tal y como Baudelaire decía). Producto del azar, de palabras que no se conocían y que de repente se juntaron para darle forma, como un juego de dominó que al principio hay cierto desorden y el poeta puede revolver las palabras un poco antes de empezar a repartir. Ese poema resistió las embestidas del tiempo, era leído y gustado y, vanidad de vanidades, era citado: tanto por los versados en los versos como la gente normal que no escribe. Resistió el otoño y las frutas, la crítica y el traqueteo, el desdén y la fatiga, y hasta aguantó el empalago.
Asqueado de su gloria que se perfilaba inmortal decidió ponerle fin a su vida, pero más bien su vida social: así es: dejó de salir a las páginas, de la memoria de los que se lo sabían, perdió a su padre el poeta y se empezó a alejar de los poetastros que lo citaban. Era como irse desecando o descamando, su otoño le llegó otra vez y ora si: como un árbol se le caían sus palabras, poco a poco como que caminando por una calle iba dejando pedazos de sí mismo. Se desconfiguró y volvió a perderse en el caos de las palabras. Pero eso es lo social.
Ha de estar por ahí sin embargo, teniendo frío y siendo azul o sepia, en alguna página de algún libro empolvado entre otros libros todavía más empolvados. Con los ojos apagados o en estado de coma, como las mismas que él mismo contiene.













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